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Por Aranzazú Martínez Galeana.
Con la caída de varios regímenes autoritarios en Medio Oriente, múltiples gobiernos implementaron medidas represoras hacia todos aquellos que buscaban sumarse a la ola de cambio que trajo la primavera árabe consigo; por lo que la limitación a la libertad de expresión en todas sus variantes, destacando la tortura y detenciones arbitrarias, se convirtió en una de las características centrales de la región, de acuerdo al Informe Anual Mundial de Amnistía Internacional. Aunado a esto, la represión a la disidencia se confirmó como el principal estandarte bajo el cual países como Myanmar, Vietnam y Corea del Norte, no únicamente prohibían categóricamente la pluralidad sino que incluso la criminalizaron y castigaron con una violencia inusual. En Tailandia por ejemplo, cualquier crítica a la familia real es sinónimo de castigo en donde el término “lesa majestad” es usado arbitrariamente para continuar censurando a una población cada vez más dinámica y crítica.
Por otro lado el asesinato y represión a periodistas continuó siendo durante el 2011 una situación cotidiana que dejó de limitarse a la esfera informativa para extenderse a la arena política. Según el informe anual, Pakistán condenó a dos políticos (Salmaan Taseer y Shahbaz Bhatti) que abiertamente protestaban en contra de las leyes sobre la blasfemia implementadas en ese país islámico; si la represión ya tocaba duramente a los intocables, ¿qué podría esperarse hacia aquellos que no pueden esconderse detrás de un cargo político? ¡Ni que decir de grupos minoritarios! La región de Asia Central se ha caracterizado por ser un mosaico cultural donde pocas veces se premia la diversidad en aras de una unidad falsa al servicio de unos cuantos intereses. En Pakistán e Indonesia la comunidad ahmadí (grupo religioso considerado musulmán principalmente) fue víctima de discriminación por parte de diversos grupos religiosos; en el caso específico de Pakistán, ésta fue alentada por el gobierno.
La frágil relación existente entre diversas grupo étnicos de la región sirvió principalmente para agudizar las tensiones dentro y fuera de las fronteras nacionales. En Myanmar las fuerzas gubernamentales actuaron múltiples veces en contra de insurgentes provenientes de las etnias kachin, shan y karen desplazando a miles de civiles y cometiendo innumerables violaciones a los derechos humanos a su paso. Afganistán se consolidó como un país reinado por el caos y por grupos insurgentes como los talibanes quienes continuaron perpetrando ataques contra la población civil a pesar del llamado de la comunidad internacional de optar por la negociación y diálogo por encima de medidas violentas y opresivas.
En un apartado no menos urgente, Amnistía Internacional señaló que: “La impunidad por las violaciones de derechos humanos cometidas en el pasado afectó a muchos países de la región, especialmente a aquellos que se enfrentaban a su herencia de conflictos. La falta de justicia complicó los esfuerzos de reconciliación, y en muchos casos dibujó un panorama de injusticia y ausencia de rendición de cuentas por parte de las fuerzas de seguridad”. La Sri Lanka de los Tigres de Liberación de Eelam Tamil y la Camboya del Jemer Rouge continúan viviendo los dramas de una herida que no termina de sanar debido a las múltiples deficiencias de los procesos judiciales en contra de los criminales de antaño, donde la verdad y justicia parecen más un lujo que una necesidad. Pese a una situación regional nada alentadora hubo esfuerzos sumamente destacables. Por ejemplo, Malasia anunció en septiembre del año pasado que buscaría derogar la llamada “Ley de Seguridad Interna” que permitía la detención indefinida sin cargos ni juicio como respuesta al movimiento ciudadano “Bersih 2.0” (o también conocido como “Limpio”) que optó por manifestaciones pacíficas para intentar cambiar la situación de su país. Finalmente Myanmar liberó a más de 300 presos políticos y permitió los primeros pasos para una apertura democrática al permitir que la oposición formara parte de las elecciones parlamentarias del año pasado. En ninguno de los dos casos mencionados anteriormente las violaciones a los derechos humanos han cesado, sin embargo, son un indicio claro que las cosas pueden cambiar. Sí, no será ni sencillo ni indoloro pero posible sí es.
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